
El concepto de lujo en el viaje está cambiando. Frente a la ostentación y los signos tradicionales de exclusividad, los viajeros valoran cada vez más las experiencias auténticas, el tiempo de calidad y una sensación real de bienestar. Así lo revela una encuesta realizada a cerca de 3.000 clientes de Eurostars Hotel Company en el marco de Eurostars Hotel Tester, la plataforma de innovación abierta de la cadena destinada a escuchar y analizar las opiniones de sus huéspedes. Las conclusiones del estudio apuntan a un giro claro en el imaginario del viaje premium y en los valores que comienzan a imponerse como los nuevos códigos del “buen viajar”.
Cuando se pregunta qué es lo más valorado en un viaje de lujo, la respuesta es contundente: alojamiento de alta gama y confort (58 %). Sin embargo, el segundo gran pilar no es el mármol ni la foto perfecta: es la atención personalizada, la privacidad y la tranquilidad (29 %).
En otras palabras: el lujo se reconoce en el descanso y en la sensación de estar cuidado, sin “ruido” alrededor.
La mayoría de los clientes encuestados percibe que hoy el lujo se asocia más a experiencias (56 %) que a bienes o servicios materiales (44 %). Esta diferencia marca una tendencia hacia lo vivencial.
Cuando se pide elegir un elemento esencial del lujo, gana con fuerza la combinación de gastronomía local de alto nivel y experiencias culturales (43 %), por encima incluso de la privacidad (34 %).
Para el 82 %, la sostenibilidad pesa en su percepción del lujo. No es un “extra” para una minoría: se está convirtiendo en expectativa base.
La personalización influye “bastante” o “mucho” en lo que se considera lujo para 85 % de los encuestados. Pero hay un dato que pone los pies en el suelo: la tecnología personalizada/IA como elemento esencial apenas atrae a 2 %.
Se valora el servicio a medida, pero el “trato humano bien hecho” sigue valorándose como prioritario.
A la hora de pensar en próximos viajes, destaca el deseo de descubrir lugares poco masificados (41 %). Además, un 78 % quiere incorporar algún grado de conexión con la comunidad local. El viajero premium quiere autenticidad dosificada, integrada, elegante.
Al preguntar cómo ha cambiado la concepción del lujo, la opción más reiterada es reveladora: preferir ambientes tranquilos y exclusivos frente a hoteles grandes y ostentosos (43%).
Le sigue el deseo de experiencias diseñadas a medida (30%). El lujo se está volviendo más silencioso, más íntimo, más personalizado.
Incluso en segmentos premium, la palanca más atractiva para viajar más son descuentos y ventajas económicas (63 %), por delante de beneficios personalizados (23 %) y experiencias exclusivas (12 %).
El viajero de alto valor también busca optimizar. Lo aspiracional no está reñido con lo inteligente.
En el horizonte de los próximos años, lo que más se busca es descanso y bienestar (51 %). Después aparecen conexión con el mundo y el entorno (26 %) y conocimiento (16 %).
Viajar, para este público, se parece cada vez más a una forma de resetear: cuerpo, mente y mirada.
La fotografía final es nítida: el lujo ya no grita, susurra. Es la cama excelente, sí, pero también la paz de un espacio bien pensado, una atención dedicada pero no invasiva, la gastronomía y cultura que cuentan un territorio y la sensación de viajar de forma más consciente.
Y, sobre todo, es la elección de destinos y ritmos que permiten volver a casa mejor de lo que uno se fue.
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